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Por un salario máximo sectorial, interprofesional y más…
miércoles, 12 de octubre de 2011
Esta semana los medios de comunicación se han hecho eco de que tres directivos de

Esta semana los medios de comunicación se han hecho eco de que tres directivos de Novacaixagalicia (NCG) han cobrado 23,6 millones de € en concepto de indemnización y prejubilaciones tras dejar sus cargos al ser sustituidos por nuevos gerentes después de que el Estado haya tenido que inyectarle a esa entidad 2.465 millones de €.

 La semana pasada los medios recogían otro episodio similar. El presidente del Banco de España hacía unas declaraciones en las afirmaba que la Caja del Mediterráneo (CAM), que llegó a ser la cuarta mayor caja de ahorros en nuestro país con 3,3 millones de clientes, era “lo peor de lo peor”. Su quiebra nos va a costar a los contribuyentes unos 2.800 millones de € (estimación muy conservadora para algunos analistas) y el FROB (Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria) ya se ha puesto manos a la obra para sanearla y posteriormente sacarla a subasta entre sus bancos competidores.

ImageLa CAM, controlada por el PP, era la tercera Caja que quebraba, ya lo hicieron antes Caja Castilla La Mancha controlada por el PSOE y Caja Sur controlada por la Iglesia. Esto parece indicar que la crisis no entiende de siglas. Sin embargo, hay un hecho que ha llamado la atención en la quiebra de la CAM: por primera vez el Banco de España destituyó de forma fulminantemente a toda una directora general de una entidad bancaria. Los episodios de contabilidad creativa, las indemnizaciones millonarias y la pretensión de cobrar pensiones vitalicias de sus antiguos gestores, los mismos que habían llevado la entidad a la ruina, estaban a la orden del día. En concreto, su directora, había tenido a bien adjudicarse una pensión vitalicia de 370.000 € anuales, y otros cinco ejecutivos querían asegurarse unas jubilaciones descansadas destinando 13,3 millones de € para tal fin.

 ¿Cómo se llega a esta situación?

 Desde el punto de vista de la gestión a las quiebras han contribuido las fusiones fallidas, la realización de préstamos hipotecarios ruinosos, la creciente tasa de morosidad, la ocultación de cuentas, la inoperancia del Banco de España... Pero mi pregunta en esta reflexión no va por esos derroteros, más bien quiere centrarse en el aspecto de la autoasignación de unas prebendas que resultan escandalosas a la opinión pública y que se repiten una y otra vez entre puestos de alta dirección de grandes entidades privadas.

Esta práctica tan extendida, aunque con diversos grados de gravedad, no puede ser un tema genético. ¿Quizá se deba a que los grandes gestores son gente con un ritmo de vida difícil de sostener?, ¿o tal vez a que tienen malas influencias y referencias poco constructivas como pueden ser los sueldos de los Rato, Botín o González?, ¿o quizá sobrevaloren su trabajo y consideren que si en la planta de residuos de Valencia hay ocho directivos que cobran más que Zapatero, ellos que dirigen un banco merecen algo más…?

 Personalmente creo que se llega a esto porque el sistema económico actual sólo es un reflejo de toda una corriente de pensamiento más profunda en la que se absolutiza la libertad individual desvinculándola de la esponsabilidad, y así, en su nombre, la persona se olvida cada vez más del otro, del prójimo, cerrándose en un egocentrismo decadente donde la gratuidad, los deberes y la defensa de lo que es justo ceden terreno ante el lucro, una concepción adolescente de los derechos y la aceptación del fracaso sin cuestionar el sistema existente.

 Ser ateos del mercado

 Concebir una economía sin mercado es una aberración práctica del mismo calibre que aceptar que el mercado sea el responsable y dinamizador último de la economía. La Ciencia, que ha dado pasos en los últimos siglos que han sido fundamentales para desenmascarar la superstición, no puede prestarse a construir un nuevo fetiche, aunque esa ciencia se llame economía y el fetiche mercado.

Los economistas nos recuerdan una y otra vez que el dinero es fundamentalmente confianza y nos repiten machaconamente que hay que ganarse la confianza de los mercados para salir de la crisis, pero ¿quiénes son los mercados para merecer tal pleitesía? El lado amable del mercado es el de un entorno donde distintos sujetos intercambian bienes y servicios, y del que formamos parte cotidianamente. Pero el lado más amargo del mercado, el que define más propiamente su identidad y al que nos referimos cuando hablamos de la crisis, está en las dinámicas que guían ese intercambio, unas dinámicas de poder que con mano de hierro condicionan la viabilidad y el futuro de pueblos enteros.

 Nos dicen que para conseguir la confianza de los mercados, y con ellos sus capitales para financiar nuestras economías, hay que ser más eficientes, más productivos, que tenemos que hacer sacrificios para calmar su sed de lucro, y en ello estamos. Pero que no se equivoquen quienes ven en esas vías caminos de progreso, con esos sacrificios tan sólo están refrescando temporalmente una sed que no se sacia; una sed que no tiene patria; que no entiende de derechos humanos, ni sociales, ni laborales; que no duda en especular con aquellos bienes que son esenciales para la subsistencia de la gente; una sed que carece de sensibilidad para respetar y cuidar la casa de todos; que carece de la grandeza de miras como para anticipar el futuro de los que vendrán después.

 Las pérdida masivas de empleos; los recortes de los servicios sociales; las privatizaciones de empresas públicas rentables para pagar las deudas de las administraciones públicas mal gestionadas; los escándalos en el ámbito de la evasión fiscal; los impagos generalizados por parte de las administraciones públicas a autónomos y pequeños empresarios que han realizado responsablemente su trabajo; las subidas en las facturas de la luz, del gas o del transporte que superan ampliamente el incremento de las subidas salariales; la impunidad para quienes se saltan las reglas del juego porque han llegado a la conclusión de que el abuso es rentable; la gente desahuciada de sus casas a quienes se niega la dación; la falta de crédito de un sistema financiero que desconfía de sí mismo y que ha conseguido que los estados le cubran sus vergüenzas con cantidades astronómicas que se retraen de otras partidas vitales para un adecuado desarrollo de la vida social… ¿Son argumentos para crear el miedo entre aquellos que se separan de la ortodoxia del mercado?, ¿o han de serlo para animarnos a abrir otras vías, para afirmar, sí, a una economía con mercado pero, no, a una economía de mercado; para pedir la democratización de los mercados y luchar contra la concentración de poder que se arrogan?

 Cosas nuevas y cosas viejas

 Vivimos bajo el predominio de una economía financiera desregulada que se ampara en la defensa de la libertad individual pero que se distancia a marchas forzadas de todo lo que suponga responsabilidad y sentido social; una economía cortoplacista, del beneficio instantáneo con el menor esfuerzo y riesgo posible como modelo de éxito; un sistema que atribuye el valor económico a bienes y servicios de forma opaca, de forma ficticia, generando burbujas, olas en cuya cresta sólo saben estar unos pocos pero que dejan valles tremendos donde se encuentra la mayoría de la gente; una economía basada en la deuda, una deuda descomunal, tanto pública como privada, respaldada en una confianza que ha dejado de ser virtud para convertirse en miedo a la quiebra; una economía que genera valor de forma ficticia, sin respaldo real; una economía de la exclusión donde afirmar que el 20% de la población vive por debajo del umbral de pobreza, en “sociedades desarrolladas” como la nuestra o la estadounidense, es sólo parte del paisaje.

Los productos financieros ya no son lo que eran, ahora le toca el turno a los derivados financieros. Conceder un crédito no es suficiente fuente de ingresos para un banco, ahora se acompaña de los CDS (Credit Default Swaps) que vienen a ser algo así como contratar un seguro, en donde a cambio de pagar una prima, el tenedor del crédito puede asegurarse ante el riesgo de impago del mismo. Estos CDS se compran y venden de modo que ahora también se juega con el riesgo de impago de los acreedores. También se han creado los CDO (Collateralized Debt Obligation) que son productos derivados utilizados masivamente por los bancos de inversión durante la creación de la crisis inmobiliaria y que lo que hacen es meter bajo un mismo paraguas varias emisiones de deuda distinta, algunas sin valor alguno, pero las comercializan como un solo producto de renta fija y así todo el mundo acaba comprando participaciones, a elevado coste, en negocios tan ruinosos como las hipotecas basura.

Los bancos centrales parecen grandes paquidermos que han de velar por la estabilidad de un sistema que hace aguas mientras asisten impotentes a los movimientos de depredadores veloces como los selectos fondos libres de inversión (Hedge Founds) que operan en paraísos fiscales, con información y capitales que asombrarían a más de uno y donde los ricos ponen buena parte de sus fortunas no siempre declaradas.

Por su parte, los Estados son examinados periódicamente por agencias de calificación privadas siguiendo unos criterios que han sido criticados por muchos y en muchas circunstancias, especialmente por los países que pasan por momentos difíciles ya que las calificaciones de estas agencias suelen contribuir a hacer leña del árbol caído. Aunque no siempre las críticas tienen ese origen; por ejemplo, la última crítica viene de una institución como la Comisión de la Bolsa y Valores de EE.UU (SED) que después de realizar un análisis de las 10 principales agencias de calificación ha constatado la existencia de errores "evidentes" en el seguimiento de los procedimientos y las metodologías de los ratings, en la publicación oportuna y precisa de los análisis, en el establecimiento de estructuras internas de control eficaces en los procesos de análisis y en la gestión de forma adecuada de los conflictos de intereses. Casi nada…

Pero en medio de toda esta maraña globalizada hay cosas que no cambian, cosas que mantienen intacta la esencia de los mercados: no hay para todos, pero hay para los de siempre. Y sino que se lo digan a la Reserva Federal Norteamericana (FED) que anda bastante molesta con la publicación de algunos de los datos obtenidos después de la primera auditoría que reciben en sus cerca de 100 años de historia. En esa auditoría se recoge, entre otras cosas, que la FED dio crédito subrepticiamente, desde diciembre del 2007 a mediados de 2010, por valor de 16 billones de dólares (lo que supone un montante superior a todo el PIB anual de EE.UU que es de unos 14,4 billones de $) a interés prácticamente cero.

 La pregunta que surge es ¿quiénes fueron los agraciados que recibieron ese “regalito” en una época dura donde no había casi liquidez y en la que decenas de miles de pymes cerraban en España por falta de la misma? Quizá nos resulten familiares algunos de estos nombres: al Citygroup le cayeron 2,5 billones de dólares, a Morgan Stanley 2,04 billones, a Merrill Lynch 1,9 billones, a Bank of America le cayó el equivalente a todo el PIB de un país como Brasil unos 1,34 billones. Por si los bancos americanos no son nuestro fuerte nos acercaremos a Europa. Al Barclay PLC del Reino Unido le cayeron 868 mil millones de dólares, al Deutsche Bank alemán 354 mil millones, al UBS suizo 287 mil millones, al BNP Paribas francés 175 mil millones, etc. En fin, que dan ganas de dar un ¡viva! a la igualdad de oportunidades y al mercado libre. Cuanto cuento…

 Transformar desde los valores

 Volviendo a los hechos con los que iniciaba esta reflexión, me preguntaba: ¿cómo podemos conseguir que individuos que ven a su alrededor que sus colegas blindan sus contratos; que están en un ambiente donde las comisiones, y los maletines están a la orden del día; donde los créditos a los altos directivos se conceden sin un mínimo rigor en muchas ocasiones y con unas condiciones llamativas; donde maximizar beneficios es un objetivo irrenunciable; cómo vamos a conseguir que mantengan una ética contracorriente intachable? ¿Y si la CAM no hubiera quebrado, se habrían justificado esas prebendas como las justifican los Rato y compañía?

 ¿Cómo resuelve este dilema el mercado?, ¿cómo resuelve las situaciones en las que el beneficio de ciertas operaciones exige pasar por encima de los derechos laborales, o las situaciones en las que hay que deslocalizar la producción a lugares sin protección ecológica apara ahorrar costes? La propia dinámica del mercado le lleva a optar y, hasta ahora, lo que estamos viendo no es precisamente edificante.

Habrá quien piense que la opción contracorriente es solo para héroes. Bienvenidos sean los héroes, pero añado, mejor aún sería que no tuvieran que serlo porque hubiéramos creado las condiciones adecuadas para que vivir solidariamente no fuera algo heroico. En esta línea una pequeña aportación práctica ante tanto sueldazo y privilegio.

Por un salario máximo sectorial, interprofesional y más

 Hace tiempo se llegó a la necesidad de instaurar un salario mínimo interprofesional como reconocimiento a la dignidad básica de toda persona que trabaja y como una exigencia elemental de justicia social. Pues bien, visto lo visto, y pensando en allanar el camino para que la persona se pueda desarrollar más plenamente (la acumulación de privilegios no es fuente de mayor dignidad), creo que tiene todo el sentido del mundo proponer la necesidad de establecer un salario máximo sectorial e incluso interprofesional, en razón de la misma justicia social. Y defiendo la idea de interprofesional y no sólo sectorial porque de ninguna manera me perdería el debate y las reflexiones que de él pudieran surgir a la hora de evaluar estos temas intersectorialmente.

 Cuando una persona se arroga el derecho a cobrar cientos de veces el salario de aquella otra persona que conduce su coche o le limpia el despacho ¿qué trato humano le está dando, aun cuando sea educado y salude con un sonrisa por las mañanas?, ¿se puede excluir el trato económico del trato humano?

 En esa misma línea hay que limitar las indemnizaciones por prejubilación y eliminar los blindajes por ser mecanismos que descapitalizan las empresas y hacen recaer sobre los trabajadores los costes del disfrute de los privilegios de unos pocos. Ya sé que habrá quien se sienta incómodo porque todo lo que suene a poner techos, y de forma especial si éstos afectan al enriquecimiento y a la acumulación de poder, se interpreta como una agresión, como un elemento disuasorio que espantará a los “mejores”, a los más “cualificados”. Para quienes piensen así les pido que entiendan en primer lugar que es por su bien y por el nuestro, y, en segundo lugar, que no basta con “saber” hay que preguntarse por a quién se sirve con lo que se sabe.

 Continuando con nuestra propuesta, conviene reforzarla. Como la ley por si sola pierde eficacia si no se la apoya con medidas sociales, en este sentido sería bueno que cada empresa evaluara e hiciera público entre sus empleados cuánto le cuesta cada persona que trabaja en ella, desde el más humilde de los trabajadores hasta su director general. Y en eso de los costes habría que incluir:

        -      El aspecto salarial y sus cotizaciones correspondientes

        -      Los gastos de representación (hostelería, desplazamiento, dietas, obsequios)

     -   Las remuneraciones en especies (vehículo de empresa, cesión de vivienda para uso particular, anticipos y préstamos por debajo del precio de mercado…)

        -       Otros costes como indemnizaciones, blindajes de contratos, bonos, stock options, etc.

 Este primer paso no es baladí porque a menudo los mecanismos como el anonimato y la desinformación fortalecen las dinámicas de injusticia social mientras que los ejercicios de transparencia las debilitan y las hacen vulnerables. Llegados a este punto sería interesante dar un paso más allá y que la gente de recursos humanos, si es que los hay, se ganaran el sueldo y propusieran un debate sobre cuál ha de ser la relación entre el salario máximo y mínimo dentro de la empresa.

 Finalmente quedaría el aspecto formativo para que los empleados alcanzaran a entender el estado de cuentas de la empresa y se pudiera tener un debate abierto sobre las políticas de reparto de pérdidas y beneficios. A veces esto se hace con los accionistas en las grandes empresas pero no con los trabajadores.

 Estimados “amigos” de la CAM y de la NCG, si ustedes hubieran implantado en sus entidades las medidas que se acaban de citar seguramente no estarían en las fotos de los periódicos porque los trabajadores no les hubieran permitido sus excesos y, quizá, hasta ustedes mismos hubieran autorregulado sus ansias de privilegios. Lo que propongo no es nada imposible, en mi pequeña empresa se hace, pero si alguien les dijera que a nivel de gran empresa no se puede hacer, recomiéndele un cambio de mentalidad y la lectura del libro “Radical” de Ricardo Semler donde se ve que estas cosas se han implantado con éxito hasta en una gran empresa capitalista.

 Joaquín García

 
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