MicroUtopias

 
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En defensa de Benedicto XVI
lunes, 01 de febrero de 2010
Desde el momento de su elección, el Papa, que ha retomado de forma irrevocable el diálogo judeocatólico, ha sido víctima de un juicio mediático y ha sufrido la continua manipulación de sus textos
Por Bernard-Henri Lévy Habría que dejarse de tan­ta mala fe, de tantos pre­juicios y, para no callar­me nada, de tanta desin­formación cuando se habla de Benedicto XVI. Nada más resultar elegido, el Papa ya fue objeto de un verdadero proceso me­diático en el que se le tachaba machaconamente de "ultraconservador" (como si un Papa pudiera ser otra cosa que "conservador").Image
Luego vinieron las insistentes alusio­nes, cuando no las bromas pesadas, al "Papa alemán" y al "posnazi" con sota­na, al que, ni cortos ni perezosos, los guiñoles de la tele apodaban Adolf II (y eso porque, como todos los niños y ado­lescentes de su edad, fue enrolado en las juventudes del régimen).
Más tarde le llegó el turno a la mani­pulación de los textos pura y dura. Por ejemplo, a propósito de su viaje a Ausch­witz en 2006, hubo quien pretendió, y a medida que pasa el tiempo y los recuer­dos se vuelven más vagos hay quien si­gue pretendiendo -y repitiendo igual de machaconamente-, que el Papa se habría referido a los seis millones de muertos polacos como a víctimas de una simple "banda de criminales", sin precisar que la mitad de ellos eran ju­díos (en este caso, el infundio es apabu­llante, pues, en realidad, aquel día, Be­nedicto XVI habló de los "jerarcas del III Reich" que intentaron "aplastar" al "pueblo judío" y borrarlo de la faz de la Tierra -Le Monde del 30 de mayo de 2006-).
Y ahora, tras una visita a la sinagoga de Roma -a la que precedieron otras dos a las de Colonia y Nueva York-, la guinda la ha puesto el mismo coro de desinformadores, que esta vez ni siquie­ra ha esperado a que el Pontífice cruzara el Tíber para anunciar, urbi et orbi, que ni ha encontrado las palabras apropia­das, ni ha hecho los gestos adecuados, y, por tanto, ha fracasado...
Así que, como el acontecimiento es muy reciente, me voy a permitir poner algunos puntos sobre algunas íes.
Al recogerse ante la corona de rosas rojas depositada frente a la placa conme­morativa del martirio de los 1.021 judíos romanos deportados, Benedicto XVI no hizo sino cumplir con su deber, pero lo cumplió.
Al rendir homenaje a los "rostros" de los "hombres, mujeres y niños" arresta­dos en el marco del proyecto de "exter­minio del pueblo de la Alianza de Moi­sés", Benedicto XVI dijo algo evidente, pero lo dijo.
Hay que dejar de repetir como loros que -cuando reproduce palabra por pa­labra los términos de la oración que Juan Pablo II pronunciara 10 años atrás en el Muro de las Lamentaciones, cuan­do pide "perdón" al pueblo judío pogro­mizado por el furor de un antisemitismo que durante mucho tiempo fue de ori­gen católico, y lo pide, insisto, leyendo el propio texto de Juan Pablo II- Bene­dicto XVI hace menos que su predece­sor.
Cuando declara, tras una segunda es­tación ante la inscripción conmemorati­va del atentado cometido en 1982, en Roma, por unos extremistas palestinos, que el diálogo judeo-católico entablado por el Vaticano II es ya "irrevocable"; cuando anuncia que pretende "profundi­zar" y "desarrollar" el "debate entre igua­les" que representa el debate con esos "hermanos mayores" que son los judíos, a Benedicto XVI se le puede acusar de todo lo que se quiera, pero no de "conge­lar" el proceso abierto por Juan XXIII.
Y luego, en cuanto al asunto de Pío XII... Si es necesario, me detendré en el caso de Pío XII, que es enormemente complejo.
Me detendré en el caso de Rolf Hoch­huth, autor de la famosa obra El vicario, que abrió, en 1963, la polémica sobre los "silencios de Pío XII".
Me detendré, en particular, en el he­cho de que este ardiente justiciero es también un conocido negacionista, con­denado varias veces como tal, y cuya última provocación consistió en una en­trevista, publicada hace cinco años en el semanario de extrema derecha Junge Freiheit, en la que defendía a David Ir­ving, que niega la existencia de las cáma­ras de gas.
Por ahora, sólo quiero recordar, co­mo acaba de hacer de nuevo Laurent Dispot en la revista que dirijo -La Regle du Jeu-, que, en 1937, el terrible Pío XII, que todavía era el cardenal Pacelli, fue coautor de la encíclica Con viva preo­cupación, que sigue siendo, aún hoy, uno de los manifiestos antinazis más fir­mes y elocuentes.
Por ahora, para restablecer la exacti­tud histórica hay que precisar que antes de optar por la acción clandestina, antes de abrir, sin decirlo, sus conventos a los judíos romanos perseguidos por los sica­rios fascistas, el silencioso Pío XII pro­nunció unos discursos radiofónicos (por ejemplo, los de las navidades de 1941 y 1942) que después de su muerte le valdrían el homenaje de Golda Meir, que sabía lo que significa hablar y no dudó en declarar: "Durante los diez años del terror nazi, mientras nuestro pueblo su­fría un martirio espantoso, el Papa alzó su voz para condenar a los verdugos".
Y, por ahora, lo asombroso es qué todo el peso, o casi, del ensordecedor silencio que se hizo en el mundo entero alrededor de la Shoah recaiga sobre uno de los soberanos de aquel tiempo que: a) no tenía ni cañones ni aviones a su disposición; b) según la mayoría de los historiadores, no escatimó esfuerzos pa­ra compartir con aquellos que los tenían la información de la que disponía; c) salvó -sí, él-, tanto en Roma como en otros lugares, a un gran número de aque­llos de los que se sentía responsable mo­ralmente.
Último apunte en el Gran libro de la bajeza contemporánea: ya se trate de Pío o de Benedicto, se puede ser Papa y chi­vo expiatorio. •

Traducción de José Luis Sánchez-Silva (EL PAÍS DOMINGO 24.01.10 p.18)
 
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