MicroUtopias

 
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Inmigrantes hoy
domingo, 26 de mayo de 2013
Hablar de inmigrantes en una tierra como la nuestra parece un tanto absurdo. ¿Quién de las personas que lea este artículo no tiene un familiar, en mayor o menor grado de parentesco, que haya emigrado en su vida? O sea, que nada nuevo vamos hablar que ya conozcamos. Pero otro cantar será el posicionamiento que debemos tener los cristianos ante el fenómeno de la inmigración, que de eso va este artículo.

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Migraciones ha habido muchas a lo largo de la historia, de pueblos enteros, como p. ej. el éxodo de los judíos por todo el mundo, y de personas concretas, como la huída de la Sagrada Familia a Egipto. ¿Qué dice la Iglesia sobre estos miles de historias?

Partimos de una premisa básica: existe el derecho a emigrar y también el derecho a no emigrar. O al menos eso creía Juan Pablo II en su mensaje para la Jornada Mundial de las Migraciones de 2004, cuando afirmó, por una parte, que se deben “crear condiciones concretas de paz, en lo que atañe a los emigrantes y refugiados, significa comprometerse seriamente para salvaguardar ante todo el derecho a no emigrar, es decir, a vivir en paz y dignidad en la propia patria”; y por otra parte, cuando dijo que “el fundamento del derecho a emigrar es el destino universal de los bienes de este mundo”.

Cuando estos días salió la noticia de que se quieren legalizar más de once millones de inmigrantes indocumentados en los Estados Unidos, no nos olvidemos de su dignidad humana. Y también, por qué no decirlo, esos cambios legislativos se promueven debido a la demanda de trabajadores agrícolas y especializados, pues el futuro económico de ese país depende de los trabajadores de fuera.

Hace más de seis años, ante miles de cadáveres de inmigrantes en el mar, cerca de las Islas Canarias, un grupo de sacerdotes de la zona firmó un manifiesto, del cual quiero salientar los siguientes párrafos:

"Un grupo de sacerdotes creemos que debemos ser voz de los sin voz. Con eso no hacemos nada ajeno a nuestro ministerio. No puedo excusarme diciendo que no soy el guarda de mi hermano. La llegada de personas no es una avalancha, la llegada de personas sin ningún tipo de violencia no es una invasión. Los medios de comunicación y algunos dirigentes políticos manipulan este drama. Las personas normales, ante el drama, dirigen su primera mirada a las víctimas... Las causas últimas de este problema apuntan a un sistema económico injusto: es un negocio. Los inmigrantes no vienen, son llamados por el sistema económico... Los sindicatos y partidos políticos no se preocupan suficientemente de este drama. Quieren apertura de fronteras según los intereses económicos. Parece que no les importa el dolor de los ahogados, ni las familias rotas, ni las economías a las que se les roba a sus mejores trabajadores. No hace fuga de cerebros: hace robo de cerebros y de fuerza de trabajo. Así son cada vez más los países empobrecidos y sin futuro. En este panorama se habla de ayudar a los países pobres. Todo esto es fruto de las llamadas políticas de "codesarrollo" que se mostraron ineficaces para acabar realmente con la miseria. Lo que realmente se hace son nuevos negocios. Negocio con su viaje, negocio con la ayuda. Negocio en las transferencias de dinero. Negocio en los alquileres, negocio en los préstamos. Negocio en lo que los que menos pueden, pagan más..."

Todos conocemos la personas obligadas a emigrar: seamos cariñosos con ellas. Las personas son rostros de Cristo, y qué menos que palabras de amor y solidaridad.

Creo que “tenemos que dar gracias a Dios por los emigrantes, que nos proporcionan la oportunidad de acogerlos y, por la acción del Espíritu, recibir de ellos, con su trabajo y servicios, sus dones y su riqueza. Este intercambio de dones en la fraterna convivencia es una prefiguración de la humanidad «unida en Cristo»”, como decía la Conferencia Episcopal en el documento La Iglesia en España y los inmigrantes, en 2007.

Autor: Alfredo Losada

 

 
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