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La solidaridad es más valiosa que el individualismo
lunes, 13 de febrero de 2012
Primero empieza echando la culpa a los demás. Después piensa: 'Ya encontraré algo'. Las persoas con las que tiene trato habitual, como su familia y algunas amistades, pueden observar cierta irritabilidad, malestar, que puede venir unido a algún proceso de enfermedad.
Viene, asimismo, la envidia: 'Mira ese, qué suerte tiene. Claro, algo haría, quizás aquel pariente lo enchufó.'. Pasan semanas, y poco a poco las culpas ahora van para él o ella misma. Pierde la poca autoestima que le pudiera quedar. '¿En qué me habré equivocado? No valgo para nada...'.
Al poco tiempo pasa a tener menos vida social, puesto que o bien tene vergüenza, o bien el dinero no puede estirarse más. A menudo tiene vida más sedentaria y, en general, menos actividad física. Todas las conversaciones parecen acabar en esa pregunta temida: '¿Y qué haces ahora?'. Surgen contextos de desestabilidad psicológica, de dificultad para planificar la vida con cierta dimensión en el tiempo. Pierde creatividad, libertad, y tiene una sensación de inutilidad, de no poder servir a la sociedad.
Estas y otras muchas son las consecuencias dramáticas y reales (nada inventadas, vamos) del paro, y no hablamos de desempleo porque a estas alturas de eufemismos estamos un poco hartos.
ImageClaro que vista la situación de crisis actual (enmarcada dentro de las crisis cíclicas del capitalismo, pues en otras épocas del siglo XX hubo situaciones semejantes), dentro de la globalización económica, muy probablemente también hay que afirmar lo siguiente:Reducir el nivel de tutela de los derechos de los trabajadores y renunciar a mecanismos de redistribución del rédito con el fin de que el país adquiera mayor competitividad internacional, impiden consolidar un desarrollo duradero.Bueno, esto no lo dice tal o cual sindicato, sino Benedicto XVI en su última encíclica, Caritas in veritate, en el 32. Clavada a la situación actual, vaya acierto. Y continúa señalando quePor tanto, deben valorarse con cuidado las consecuencias que tienen sobre las personas las tendencias actuales hacia una economía de corto, a veces brevísimo plazo.
Pocas personas habrá que no palpen, en mayor o menor medida, la realidad ya no del paro, sino de la precariedad laboral, de la movilidad geográfica, de las dificultades para armonizar los horarios de trabajo con el cuidado de los hijos y de la casa. Y al mismo tiempo, de todos son conocidas las desorbitantes ganancias de unos pocos, de las grandes riquezas... hechas a base de salarios miserables, de beneficios fiscales, de condiciones de trabajo indignas y de prevalencia de prebendas políticas.

La rueda de la globalización está engrasada: se producen millones de bienes de todo tipo, que tenemos divinizados, y es que si la persona no ocupa su lugar, la tecnología, el producto y el mercado se elevan de categoría. Como la economía de mercado no mira a las necesidades sino a los beneficios, se manipula de todas las formas habidas y por haber a los consumidores.

ImageLa obligación de ganar el pan con el sudor de la propia frente supone, al mismo tiempo, un derecho. Una sociedad en la que este derecho sea negado de forma sistemática y las medidas de política económica no permitan a los trabajadores conseguir niveles satisfactorios de ocupación, no puede conseguir su legitimación ética ni la justa paz social.” Esto ya lo dijo Juan Pablo II en 1991 en la Centesimus annus, 43, y no nos puede resultar en absoluto ajeno.

No vendría mal meditar en buscar medidas como la de reducción de jornada para compartir trabajo, la forma de organizarse de los parados consiguiendo iniciativas únicamente basadas en su trabajo, o incluso el hecho de compartir bienes, tiempo y labores a cambio de otras tareas cuando no es posible pagar los servicios necesitados. Bien mirado, esto es lo que se hace en muchas culturas y la historia ha demostrado que la solidaridad es más valiosa que el individualismo.

Autor: Alfredo Losada Suárez.

 
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